El hombre del jardín

 

Jardín

Había una vez un hombre llamado Pedro, era una persona tan común como cualquier otra. Un tipo de clase media, muy trabajador que buscó proveer de todas sus necesidades a su familia, entre las que se encontraban: una casa confortable, comida abundante, buenos carros, mascotas, diversiones, viajes, etc. Toda su vida trabajó por ello, por lo que poco veía a su familia, pero cuando llegaba a casa traía cargando un gran costal lleno de todos sus problemas del día. Así que mostraba una cara hostil, regañando, quejándose y aislándose de todos para conectarse con su televisor, siendo este su remanso de paz.

Sus temas de conversación generalmente eran quejas constantes,  además de culpar a los otros de lo que no le gustaba, este era su habitual pasatiempo. Después de muchos años de alimentar una neurosis que crecía y crecía, sus amigos y familiares evitaban ir a verle, mientras que su familia había aprendido toda una serie de estrategias para evadir su mal carácter, que se traducía en muecas, regaños, gritos, culpas y quejas.

Después de años de una vida así, pasó el tiempo hasta que el momento de la jubilación llegó. Pero lo primero que tocó a su puerta fue el colapso de su corazón, al parecer cansado se encontraba de vivir tenso y bajo continua preocupación. Pero de esta salió bien librado, de lo que parecía un derrumbamiento eminente, ¡suerte! y ¡tratamiento oportuno! dijeron los médicos, eso es lo que fue.

Una vez iniciado su proceso de rehabilitación, tuvo que mudarse a una nueva casa en una tranquila provincia. Era una casa amplia y cómoda, pero tenía un gran inconveniente, un pedazo de jardín seco, tan muerto y erosionado como su corazón. Se quejó como era de esperarse, pidiendo que pusieran encima un piso de losa, donde «ni un gramo de tierra o suciedad», como él la llamaba, pudiera asomarse, además de que atraía bichos, de todos tipos y colores. Su petición fue rechazada por los propietarios y el costo de cambio de casa, ¡imposible permitírselo! así que no le quedó de otra.

Fue entonces que decidió contratar un jardinero para que se hiciera cargo de la zona de desastre, pero los costos eran exorbitantes, y no estaba dispuesto a gastar por un jardín tal cantidad de dinero. Olvidó el asunto, lo más que hizo fue barrer y barrer la tierra que se salía del rectángulo trasero de su casa. La televisión seguía siendo un buen refugio para ahogar cualquier pena, angustia y problema. La comodidad en su vida era una obsesión y evitar lo nuevo o diferente una obligación.

Así fue el inicio de esta nueva etapa, pero un día pasó lo impensable, al salir con su escoba a barrer la tierra que traspasaba los límites establecidos por el perímetro del rectángulo, se percató de una pequeña planta que no reconocía creció en ese espacio inhóspito. Después de tres días de observar como crecía y crecía, fue un suceso que captó su atención más y más, así que decidió hacer algo distinto, la comenzó a cuidar, por lo que la regaba diariamente. Después consiguió abono de baja calidad y al poco tiempo, comenzaron a brotarle unas enigmáticas flores amarillas, las que resultaron en un inesperado sentimiento de satisfacción, tal vez por haber contribuido a su crecimiento. Después, unos frutos aparecieron discretamente entre las hojas, así se percató que era una mata de tomate, “quizá algún día”, pensó, “en que de la bolsa de basura cayó, algún resto de comida”, se dijo, pero no estaba seguro de ello.

Al día siguiente encontró al tomate invadido por una pandilla de insectos, enfurecido trató de salvarle, pero a pesar de quitarle aquellos desalmados parásitos, la mata no lo resistió y murió. En esos momentos una chispa en su mente le iluminó y una visión llegada de quien sabe donde le motivo a crear una posibilidad nueva.

Así pues, algo extraño en su corazón germinó, y en el terreno de su vida vacía y hueca algo de vida brotó. Aquel jardín se posesionó de él, olvidándose de su televisor, las discusiones absurdas, los pensamientos victimizantes, los síntomas y preocupaciones constantes y obsesivas. Comenzó a ocupar su tiempo en ese espacio creativo tan lleno de vida, un espacio en el que podía jugar a ser un dios que creaba multiversos. Es así que compró el equipo necesario para hacerlo, observó miles de videos tutoriales por la web, compró libros de jardinería, asistió a talleres, conoció por las redes sociales muchas personas con las que compartía lo que ahora se había convertido en una pasión y un sentido profundo para sí mismo. Empezó a desarrollar diseños de jardines, aprendió de plantas aromáticas, rosales, árboles frutales, huertos de traspatio y demás.

Después de algunos años de dedicación su obra de un jardín mágico tomó más y más forma, gustaba de pasar las tardes para observar el atardecer, aspirando los aromas de sus plantas y percibiendo la composición de arte de multitud de colores, formas y sobre todo «vida»; además de una misteriosa experiencia de plenitud y paz que ahora le impregnaban su alma. No vale decir que ahora tenía muchas matas de tomate y demás habitantes de su jardín, pero no sólo eso era importante, sino una vida mágicamente enriquecida, hasta el final de sus días. El jardín mágico, fue testigo de una transformación, pero no sólo del rectángulo de tierra del patio trasero, sino de algo más sutil y apenas perceptible, de un jardín seco y erosionado, gracias a un mensajero inesperado en forma de tomate, promovió un algo que fecundó en el interior de un hombre cualquiera, llamado Pedro.

Por Samuel Díaz.

 

Publicado por Samuel Díaz

Psicólogo clínico, investigador apasionado del alma, autodidacta, y con largo recorrido por diferentes escuelas, enfoques, visiones y experiencias de lo que es la psicología y aquello que pretende estudiar, así como de experiencias que la trascienden.

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