
Existe una tendencia en el ser humano de explorar terrenos desconocidos, podemos dar cuenta de ello revisando su propia historia y relacionarlo con motivos intrínsecos a su propia naturaleza. Desde descubrir tierras lejanas, descender a las profundidades del mar o explorar la inmensidad del espacio, existe en este una necesidad de conocer más allá de sus propias fronteras. Eso lo distingue entre las otras criaturas que habitan la tierra: «ir más allá».
Pero hay un ámbito, muchas veces olvidado, o que es un poco desconocido, me refiero a nuestro mundo interior. En épocas remotas o en civilizaciones primitivas, tenía gran valor y lugar en la vida de los hombres y mujeres. Esto es, nuestro mundo interior, una realidad poco tangible y concreta, pero que sin embargo, nos constituye y nos marca. Este universo poco explorado se le conoce con distintos nombres: mente, psique o alma. En otra entrada se profundizará más sobre el término que le da vida a la ciencia denominada psicología.
«La investigación psicológica no ha logrado librar el rostro del alma, de sus velos múltiples, pues ésta es lejana, inabordable, y oscura, como todos los secretos profundos de la vida»
— Carl Jung.
Es así, que hablaré del «MISTERIO», en el sentido de una realidad (ó múltiples) inmensamente inalcanzable para conocer en su totalidad. Siendo nuestra mente y medios que poseemos ínfimos para acceder a dicho conocimiento, quizá tenga razón Kant, cuando habla de lo incognoscible de «la cosa en sí», es decir, jamás alcanzable, pero seguro que siempre se intentará.
Al imaginarme como una persona extremadamente escéptica y científica, como lo fui hace algunos años, donde sólo creía en lo que podía ver, palpar, medir o registrar «objetivamente», no puedo omitir el hecho de que era inevitable sentir humildad y un extraordinario sentimiento de reverencia ante lo vasto y sorprendente que es nuestro universo. La cuestión de la dimensión de lo infinito, es algo sorprendentemente incomprensible, si lo reflexionamos bien, así como la noción del tiempo y espacio.
Pienso en Carl Sagan, una de las mentes científicas más prominentes del siglo XX, y su encantamiento con la investigación del espacio y sus cuerpos celestes. También se genera en mí la imagen de Jacques Cousteau y su apasionada exploración de las profundidades de los mares y sus habitantes marinos. Y es aquí dónde me gustaría ubicar a un visionario psiquiatra llamado Carl Jung, que con una pasión y entrega, como los dos personajes anteriores, se atrevió a explorar los confines del alma humana, sumergiéndose él mismo en sus propias profundidades.
Es en este punto donde te invito a comenzar un viaje a explorar la naturaleza de ese mundo interior o psique, buscando hacerlo desde una postura que ostente la mayor humildad posible, en la que no se busca establecer conclusiones, validar teorías, seguir grupos, ideologías preestablecidas o seguir a supuestas autoridades del conocimiento. Por el contrario, es una invitación a abrir el tema, desde una actitud filosófica en la que lo esencial es preguntarse siempre, con apertura de búsqueda del saber provista de una actitud científica literal, en el sentido de buscar abiertamente el conocimiento, sin alinearse a los paradigmas de la época, o investigar únicamente aquello a lo que se le atribuye valor o existencia, que esos mismos modelos establecen según la época.
Lo que cuenta al final, es nuestra experiencia de vida, en la que debemos sumergirnos al intentar comprender el tema que nos interesa, sin prejuicios o intereses detrás de máscaras de científico, maestro, sabio, o superhombre ($$$$). Los exploradores como Sagan, Cousteau y Jung nos proporcionan, como dice un viejo colega, mapas para ubicarnos en las rutas desconocidas, pero debemos emprender nuestra propia ruta exploratoria. Será fácil juzgar desde fuera de la piscina, u observando a la distancia como los otros intentar escalar el muro, defendiendo ideas o sistemas, pero otra cosa es profundizar y dejarse transformar por aquello que pretendemos conocer, entonces sí, la experiencia de cada uno es importante para hablar sobre ese mundo interior al que me sumo a Jung en llamarle: el alma.
